Uno podría afirmar que el vodka es el destilado más inane. No tiene color, apenas tiene sabor, el alcohol empaña su paleta aromática, la textura es inexistente… Pero no es exactamente así. Hay matices. Leves, pero ahí están. Para empezar, su historia se remonta como mínimo al siglo XV, eso ya merece un respeto, y en algunas zonas situadas al oriente del telón de acero –¡que lo han vuelto a correr!– su consumo es tan cultural que en ocasiones llegó a servir de salario. Una barbaridad, sí. Pero ya me gustaría veros en un invierno de 20 bajo cero de media, a ver cómo acabáis de la cabeza. En fin, el tema es hablar de las diferentes materias primas con las que se puede hacer este milagroso destilado, milagroso porque se puede elaborar casi con cualquier cosa. Hay Vodka de grano, patata e incluso de aire contaminado. Aunque eso no es muy normal.

Patata

You say potato, I say patata. BEBER MAGAZINE

Polonia, que ha dado a la humanidad la improbable cifra –desde un punto de vista estadístico– de 30 premios Nobel, también nos regaló el Vodka, se ponga Putin como se ponga. Ahí, en su cuna, es bastante común elaborarlo con patata (y con centeno, como veremos más adelante).

Los vodkas de patata tienen en común notas aromáticas herbáceas y una textura mucho más densa que los elaborados con grano. La verdad es que tienen una boca bien voluminosa. Aunque los tipos de vodka son, en general, bastante intercambiables en coctelería, los elaborados a partir de patata podrían ser los idóneos para preparar un Bloody Mary. En teoría, acabaría de redondear la textura de esta receta. Pero también dan untuosidad a un Vodka Martini.

Uno de los mejores Vodkas de patata que puedes comprar no es polaco, sino inglés. Chase Potato Vodka (36,68 euros en Drinks&Co) se elabora en una granja de Herefordshire y la familia que lo produce afirma que usan 250 patatas para llenar una botella. Muchas.

Por otro lado, uno de los Vodkas a base de tubérculo más singulares se elabora en España con patata violeta –también llamada, anagramáticamente, vitelotte–. Yalma Vodka Patata Violeta (56 euros) tiene un acusado sabor a este vegetal, no es fácil de combinar en bebidas minimalistas como el Martini pero sí funciona en propuestas más complejas, aromáticamente hablando. Hay que estar vigilantes con esta gente, Yalma, porque tienen tres destilados bastante cañón.

Centeno

Top. BEBER MAGAZINE

Los Vodkas de centeno desprenden aromas a frutos secos y carecen de la untuosidad de los anteriores –tampoco la tienen los de trigo–. Uno de los más reputados en temas cocteleros es Belvedere Pure (29,95 euros), y este sí te funcionará en multitud de recetas y sí lo destilan en Polonia. Te lo recomiendo, muy mucho, como base del Espresso Martini.

Trigo

Nueve de cada diez bartenders lo recomiendan. BEBER MAGAZINE

Los Vodkas a base de trigo recuerdan ligeramente a anís pero su punto más reconocible es un deje a pimienta. En Rusia son algo mainstream, como ocupar países soberanos. Quizá sean los más neutros y, por lo tanto, los más versátiles. Vamos que tanto te sirven para un Dry Martini como para un Cosmopolitan o un Moscow Mule.

Uno de los más populares y no por ello menos decente es Grey Goose (37,50 euros), de origen francés y bastante pijo (por no decir premium), y otro bastante amado por el colectivo bartender es Ketel One (24,20 euros), fabricado en Holanda.

Lo dicho, te valen para un roto y un descosido.

Hierba

No con la hierba que estás pensando. BEBER MAGAZINE

Pero la llamada Hierba de Bisonte y no otra. En inglés la llaman Vanilla Grass y es que huele a vainilla. Resulta que para las tribus indígenas del norte de Norteamérica era una hierba sagrada, porque al parecer tiene propiedades farmacológicas interesantes, y también lo es para bisontes y, entiendo, búfalos, que se pirran por ella. El caso es que en Polonia la secan y la usan para elaborar Zubrówka (13,95 euros), que tiene un característico sabor dulzón (a vainilla, insisto) que le va como anillo al dedo a un Espresso Martini.

Leche

¿Un gran vaso de leche en cada chupito? BEBER MAGAZINE

Pero a mí el Vodka que más me ha gustado es el que elabora Siderit en Cantabria. La historia es chula: a este gente se le ocurrió aprovechar el excedente de leche para aislar lactosa y a partir de ahí empezar el proceso de fermentación y destilación de Siderit Lactée (22,50 euros). Tiene textura y, sí, un aroma lácteo un tanto dulzón, por lo que funciona bien en cócteles de postre. Una maravilla.