En agosto de 2020 estábamos todos disfrutando de un desconfinamiento eufórico y quizá a muchos se nos escapó un notición: nacía Air Vodka, un Vodka de CO2.

La cosa sucedió de forma accidental –como tantos grandes descubrimientos–: un ingeniero que trataba de limpiar CO2 del aire se dio cuenta de que el método que estaba desarrollando generaba etanol puro. Parece ser que sus compis de laboratorio le animaron a embotellar el residuo, reducir con agua y pegarse lingotazos. Esto es verídico.

Ignoro cómo, pero aquellos fiestones han terminado con Air Vodka de finalista en los X Prize –algo así como los Juegos Olímpicos de la ciencia–. El premio son 20 millones de dólares. Si los trincas es para arrearte un chupito, por lo menos.

Mucho más tarde –hace unas semanas– me topé con la web de Endless West, una ¿destilería? que ha creado un Whiskey molécula a molécula. Se llama Glyph y no debe estar mal, porque ha conseguido algún premio.

Vaya por delante que no los he catado y que no dudo de su calidad. Y me parece muy bien que cada uno haga lo que le salga del alambique. ¿Pero qué necesidad hay?

En teoría, Air Vodka tiene la loable finalidad de terminar con las emisiones de carbono, porque en realidad es solo un producto más de Air Company, una ídem fundada para fabricar cosas con CO2 y ser, por lo menos, neutral en lo que se refiere a emisiones de carbono. El Vodka en cuestión, además, es que sale a devolver: elimina más gas maligno del que se produce durante su elaboración.

En el caso de Glyph, no encuentro proclamas medioambientalistas en su web. Imagino que no son Carbon Neutral o no quieren jugar esa baza. La explicación de por qué los creadores de Glyph hacen lo que hacen es que “creen en el poder creativo de la ciencia”. Glyph es un divertimento, un juego adulto. Pues me parece genial.

Yo estoy esperando con ansia que Air Company se lleve los 20 millones de dólares y comparta su tecnología. Que la ponga bajo Creative Commons. Porque claro, igual a lingotazos de Vodka no revertimos el cambio climático –aunque ayude– o quizá lo conseguimos y morimos todos de cirrosis. Cuántas más empresas puedan quemar CO2, mejor. ¿No?

Compro más y mejor el argumentario de Glyph: lo hacemos para divertirnos. Al fin y al cabo así nacen algunas breweries, bodegas y destilerías analógicas. ¿Una bebida alcohólica tiene que salvar el mundo? ¿Tienen un impacto real, por ejemplo, las iniciativas eco-friendly de las cerveceras? ¿O estamos de green washing hasta las cejas?

Mi yo bueno piensa que cada granito de arena suma. Mi yo malo es que un consumidor con la conciencia tranquila es un consumidor fiel; y eso lo saben los departamentos de marketing.

Detesto –porque siempre me equivoco– tratar de descifrar tendencias. No sabría decir si estos dos ejemplos marcan una vía que en el futuro otras empresas transitarán. Quizá un Tequila molecular paliaría la escasez de agave. Quizá, simplemente, deberíamos beber menos. Tal vez sería conveniente que la preocupación de los elaboradores fuera mantener una cadena de producción justa para con todos los eslabones –cultivos sostenibles, pagados a un precio  justo…–.

¿Será molecular y verde el futuro de los destilados? Molecular ya lo es: destilar y añejar son ciencias. ¿Verde? Ahí tengo mis dudas, pero es el color de la esperanza y hoy no quiero ser malo.