En verano, aún es verano, me da por pensar en cosas muy freakies. Supongo que será el aburrimiento. En este caso será también nostalgia porque me ha dado por pensar en los helados que comía cuando hacía EGB. Hace mucho, sí.

Como buenos críticos gastronómicos, nos deleitábamos ante estas formas azucaradas y frescas de pasar el rato y el calor. Claros son los casos del Popeye, el Frigurón, el Drácula o el Colajet. Helados en su base todos de hielo, esos que son los más refrescantes y entran que ni pintados cuando el calor aprieta.

Luego me dio por pensar que qué narices tiene que ver aquél deleite infantil con un deleite adulto. Me refiero al vino. Y de ahí este post tan raro. Un maridaje extremo de polos y vinos frescos.

Perill Blanc de Clos Lentiscus es el Popeye de los vinos. Crujiente y refrescante a más no poder. Placer a raudales para tu boca. Este Xarel·lo del Penedés es una bomba, de esas botellas que te calzas sin darte cuenta.

Algo parecido pasa con el Fento Tinto de Eulogio Pomares, que es el Frigurón de los vinos. Pensad en un helado de hielo, azul, con sabor a piña y forma de tiburón. Pues Fento es un vino eléctrico, directo y cortante, de Rías Baixas y, bueno, no es azul, es tinto. Menudo vinazo se marca Eulogio con un coupage de Mencía, Caiño tinto, Espadeiro, Brancellao, Pedral y Souson, ¡Para que tú lo goces!

El Drácula encuentra su reflejo en el KM 31 de la bodega Yoyo. Este es un vino tinto del Rosellón hecho con Garnacha Gris, Garnacha Tinta y Cariñena. Fresco, ligero y con profundidad. Esa dicotomía que el singular helado nos proporcionaba. Con el punto justo de hielo, su toque de Coca-Cola y fresa, sumado a un cremoso helado de vainilla final. En este vino los frutos rojos son gráciles y alegres, la fresa se impone, pero nos deja ese gusto de madurez sumado a un punto láctico.

Artuke es uno de los vinos más frescos de Rioja, hecho para garantizar el disfrute, que me recuerda al Camyseta –de Camy, dale fuerte ahí con el naming–. Pasé buenos ratos con ese cremoso helado con forma de seta, y su inconfundible sabor de nata y fresa. Igual que los paso con Artuke, vaya. Vino joven, disfrutón y jugón, lleno de frutas, Tempranillo -con Viura- de maceración carbónica que da fresqueo puro y diversión a raudales. Sin complicaciones ni artificios –aunque el Camyseta sí era un tanto artificioso–.

Cueva Tardatto, el ancestral de Mariano Taberner, elaborado con la variedad Tardana, es un vinazo de burbujitas frescas, un poco de azúcar residual y fiesta asegurada. Es el refresco hecho vino. Si alguien se propone hacer eso, un vino hecho refresco, que se ponga a la cola porque Don Mariano allá por valencianas tierras ya lo hace. Frescura, frutal, acidez y un paso por boca algo cremoso, con ese toque chispeante que las burbujas le dan. Como el Boomy, un helado de tres frutas, festivo y refrescante. Y con tres frutas miméticas que ni en elBulli, qué raro era.

Y para terminar la selección de vinos frescos ahí va un helado bien fresco, el Caraibo. El helado más raro y adictivo de mi historia. Cremoso pero con alma de hielo y refrescante debido su sabor lima-limón. Verde. Como Sicus Cartoixà Brisat. Ese vino tan verde -Edu, espera al menos a que la uva envere, hombre de Dios- que electrifica, acidifica y refresca tus muelas como él solo. Xarel·lo –o Cartoixà– 100%. Es una bomba de alegría en la boca. La definición perfecta de frescura. No me canso de este vino, jamás.