Juventud y vino son dos conceptos que parecen estar horriblemente contrapuestos en España. Las cifras no lo niegan: el consumo de vino de los jóvenes españoles de entre 18 y 34 años está un 60% por debajo de la media nacional. No es extraño, entonces, preguntarse qué ha creado esta distancia entre el mundo del vino y la juventud. ¿Es acaso culpa de la industria? ¿De la hostelería? ¿De los consumidores? ¿Es cosa de millennials?

Lázaro Fernández Mirón (@elchicodelvino) tiene 24 años y es la persona perfecta para buscarle respuesta a estos interrogantes. Estudió el Grado en Gastronomía y Artes Culinarias en el Basque Culinary Center y, aunque se quería dedicar a la cocina y le gustaba aprender sobre ello, le pusieron el mundo del vino ante sus ojos, lo probó y se quedó ahí. Según cuenta, tuvo un feeling que no había sentido con la cocina antes. Abrió sus primeras botellas en diferentes restaurantes del País Vasco y pasó por otros lugares, entre ellos, una importadora de vinos españoles en Londres. Ahora se dedica al vino 100% como comercial y sumiller en Wine is Social donde sus tareas son las de aconsejar vinos, hacer cartas para restaurantes y, en sus palabras, “ayudar a que el mundo del vino sea mucho más fácil para todos”.

BEBER Magazine: ¿Te había interesado el vino antes de que te lo pusieran delante en la Universidad?

Lázaro: No. Nada. De hecho, mi abuelo, que es el único que bebe vino en mi familia, siempre compraba los típicos Valdepeñas, Castilla La Mancha… y no me interesaba nada. La veía una bebida de abuelo, súper antiguo… Incluso no me gustaba el olor. Pero cuando me hablaron un poco más del tema en la Universidad, empezó a gustarme. Y fui el mejor de la clase, obviamente (risas).

BM: ¿Cómo dirías que consumimos vino los jóvenes en España?

L: Directamente, no se consume vino entre la gente joven. Es una bebida muy difícil de entender o de comprar porque hemos puesto tantas trabas o tantos tabúes al hablar del vino que tú no vas a un restaurante o una terraza y te pides un vino, te pides una cerveza porque es mucho más fácil. Todos sabemos a qué va a saber la cerveza y cómo huele, estás en tu zona de confort. ¿Qué pasa? Que con el vino hay tantos términos que se han usado, y de mala manera, que nos causa mucho rechazo pedir, e incluso miedo, a la hora de tomar vino.

BM: ¿Por qué crees que se le ha dado este estatus al vino?

L: Una de las razones es el precio que ha adquirido el mundo del vino. Han querido marcarse precios altísimos en según qué bodegas y qué zonas. Entonces, esto impide que muchos jóvenes empiecen a beber vino. A lo mejor la botella te cuesta 18-20€, o 14€ como poco en algunos sitios… Y un estudiante tiene que mirar su bolsillo. Es mucho más fácil pedirte una cerveza que te cuesta 1,50€, que pedirte una copa de vino que, actualmente en Barcelona, no la encuentras por debajo de 3€.

Tenemos que posicionar un vino que sea mucho más económico. ¿Soluciones? Por ejemplo, poner tiradores o usar porrones. Pero por ahora no tiene tanta tirada porque ya solo escuchar la palabra “vino” genera rechazo. Incluso si sales con un grupo de amigos y te pides vino quedas como el friki.

BM: ¿Qué otras cosas crees que hace mal la industria respecto al consumo de vino de los jóvenes?

L: La industria se ha centrado en llevar restaurantes muy caros o posicionar su vino en restaurantes gastronómicos, en ir más hacia la calidad y hacia el reconocimiento de marca que hacia lo que es beber vino como tal o potenciar el consumo. Si un joven va a beber vino a mí me da igual que ese vino sea azul, por ejemplo. Es una de las cosas que defiendo. Hay mucha gente que dice que el vino azul es un horror (el vino azul es un vino blanco que obtiene su coloración gracias a las antocianinas. En España no está permitida su comercialización como “vino”). Vale, sí, el otro día lo probé y sabe a piña, sabe a no sé qué, y no juzgaré su calidad… pero es vino. Si tú haces subir la media de consumo de vino por estos métodos, aunque sean, digamos, no lo más puristas en el mundo del vino, aún así estás haciendo subir el consumo. Somos uno de los países que menos bebe vino y somos el que más produce. Entonces, me da igual, con tal de innovar y, aunque estas innovaciones afecten al producto que todavía lo clasificamos como “clásico”, pues bienvenido sea.

BM: Hay mucha gente a la que le gustaría beber vino con hielo o que prefiere una copa de sangría antes que una de vino pero se les mira mal. ¿Por qué no hacer una buena sangría o aceptar que, si le gusta con hielo, pues que se lo beba con hielo?

L: Totalmente. Hay proyectos de sangría que son super chulos, pero traen una marca detrás que se centra más en el márketing de la marca que en el producto en sí. Pero están buenos, no tengo ninguna queja sobre esto. Eso sí, son productos caros, porque al fin y al cabo pagas la marca.

Yo cuando hago las cartas de vino a los clientes siempre les aconsejo que pongan alguna sangría o algún cóctel con vino, que también es otra forma de potenciarlo. Incluso les aconsejo que no hagan la típica sangría de vino tinto y ya, sino que la hagan de rosado, de espumoso, de blanco…

BM: ¿Tienen éxito?

L: No mucho. Porque también, aunque la sangría embotellada sea cara, viene con promociones bastante bestiales y, a la hora de la gestión de un restaurante, te vale mucho más la pena comprarla embotellada y servirla, que hacerla y tener a un camarero ocupado con eso.

BM: ¿Y los cócteles? ¿Está aceptado esto de cócteles y vino?

L: Ahora hay coctelerías que lo hacen. El otro día estuve en el Paradiso y tienen cócteles con vino que me parecen muy buena idea, pero tiene uno solo. El Dr. Stravinsky también tiene alguno… ElDiset también. Pero la verdad es que no se usa prácticamente nada. Sí hay un chico que se dedica a hacer exclusivamente cócteles con vino, Oscar Díez de Winemixology.

BM: ¿Hay alguna bodega/marca que hagan las cosas bien para llegar a los jóvenes?

L: Sí, pero tienden a preocuparse mucho más por el marketing. Por ejemplo, yo soy muy fan de los vinos de Jerez, y hay una bodega que me gusta mucho cómo lo está acercando a un público más joven. Justamente el Jerez, que es una bebida tan fuerte, tan alcohólica, tan seca… Se llaman Sánchez Romate. Lo que hacen es que no son tan puristas sino que mezclan un vino seco con un vino dulce y le ponen un nombre molón y te lo sacan en una etiqueta donde pone “este vino es para mezclar con hielo y naranja”, para que se pueda beber de otras formas.

Otros que lo hacen muy bien son Vintae, un grupo de Logroño, que tiene Matsu, López de Haro… están haciendo cosas muy chulas. Y hay otra cosa, también muy interesante, que hacen en bodegas Artadi, que es enlatar el vino. Han empezado con el rosado, en el trabajo lo hemos probado. En Australia ya existe esto, pero suele ser con gas artificial y dulce, una especie de sidra londinense. Esto es un vino rosado sin endulzar, seco, y para beber en lata. Esto mola un montón. En una barbacoa me bebería antes esto que una cerveza.

Otra cosa que se está haciendo bien es el naming de los vinos. Si tú llamas a un vino, se me ocurre ahora, “Ostras Pedrín!”, es mucho más fácil que te lo compre un joven que si lo llamas “Marqués de Vizhoja”. El nombre hace mucho. Nosotros ahora hemos sacado un vino que se llama Perplejo, que es un vino para dejarte… perplejo. O tenemos otro que se llama Rebeldes. Si tú le pones un nombre que sea mucho más atractivo, tiene más ventas y te abres a otro público. Mi abuelo no te va a comprar el Ostras Pedrín!, pero es lo que hay.

BM: Y el diseño de las etiquetas…

L: Sí, se están poniendo mucho las pilas. Hay incluso empresas que diseñan etiquetas para bodegas y tienen un montón de clientes.

BM: ¿Qué criterios crees que siguen los jóvenes a la hora de elegir un vino?

L: Es diferente dependiendo de si están en un supermercado o en un restaurante. En el caso del supermercado se guían por dos cosas: la etiqueta y el precio. Cada vez en el super te vas a encontrar menos Marqués de no sé qué y Conde de no sé cuántos. Te vas a empezar a encontrar cosas mucho más llamativas y con otro tipo de botellas. Pero también a eso hay que sumarle un precio económico.

BM: Y en un restaurante…

L: Es difícil… Según en qué restaurantes puedes tener al típico sumiller que solo vende lo que le gusta y encima te intenta recomendar el más caro y, cuando le pides recomendación, es bastante probable que te ofrezca entre A y B que no se adaptan a lo que tú quieres y a tu presupuesto. Debería ser mucho más libre.

BM: Yo también siento que las cartas de los restaurantes apenas dan información y, si uno no se conoce las uvas o denominaciones, cosa que suele ocurrir entre los jóvenes, tiene que elegir el vino haciendo “pito pito gorgorito”.

L: Cuando ocurre eso te acabas guiando por el precio y por la uva que más te suena.

BM: En este sentido, en Wine is Social hacéis una clasificación interesante para las cartas.

L: Sí, tenemos un sistema para hacer las cartas. En vez de hacer la carta del restaurante como si fuese una guía telefónica clasificada por Denominaciones de Origen o por variedades, lo que hacemos es clasificar los vinos en estilos. Es decir, si a ti te gusta el estilo afrutado en los vinos blancos, por ejemplo, pues tendrás un apartado de “vinos afrutados” dentro de los blancos y allí encontrarás el típico verdejo, el típico albariño o la típica moscatel, con los que te sentirás bien porque los conoces. Pero en ese mismo estilo de “vinos afrutados” puedes encontrar la godello y decir “¡ah! pues si está en mi mismo estilo, me puede gustar también”, y la pruebas. A lo mejor luego te animas a ir a otros estilos como los ligeros o los maduros, y vas ampliando tus gustos. Y además, es interesante que dentro de los afrutados te podemos poner un vino de España como uno de Nueva Zelanda.

Intentamos así que en los restaurantes crezca el consumo de vino y que sea mucho más satisfactorio para el que pide y para el que recomienda. Si el camarero hace la comanda y los comensales van a tomar unas bravas, unos boquerones, unos no sé qué… y le piden al camarero que les recomiende, en vez de centrarse solo en un vino o en dos que puede ser que no les gusten, el camarero puede decir “fíjese en los blancos ligeros” o “en los tintos maduros” y les da un abanico mucho más grande en cuanto a precios y zonas.

BM: Entonces está claro que también los restaurantes tiene responsabilidad en cuanto al consumo de vino, tienen que ayudar de cierta forma al cliente…

L: Hay que ayudarle y quitarnos tabús y palabras raras. Tú no le puedes decir a un cliente que viene y que no tiene ni idea de vino “este vino huele a gasolina” o “este vino tiene unos taninos muy redondos” o “tiene una acidez marcada o mineralidad”. Si quitamos ese lenguaje y, en vez de decirle, “este vino tiene taninos marcados y acidez” le decimos “el enólogo le puso el mismo nombre de su hijo al vino”, se generarán muchas más compras.

BM: El momento que está asociado al consumo de vino también puede ser una barrera para los jóvenes. ¿Por qué no hay vino, por ejemplo, en una discoteca? ¿No habría que expandir el vino a otras situaciones?

L: Hay marcas que hacen cosas en este sentido. Por ejemplo, Moët & Chandon, tiene champán para discotecas que se puede mezclar con hielo. Lo han hecho especialmente para eso. Ahí no debato la calidad. Si se consume, pues oye, mucho mejor que se consuma esto que otra cosa.

BM: O sea que ves factible que haya vino en una discoteca o en un festival…

L: Sí, pero hay que intentar meterlo de otras formas.

BM: ¿Crees que uno de los problemas es también que hay muy poca gente joven trabajando en las bodegas? ¿Es un sector envejecido?

L: Totalmente. Yo cada día, en el mundo del vino y de los restaurantes, me enfrento a gente de la vieja escuela en situaciones de machismo, homófobas, de superioridad… es gente con corbata y traje la que al final hace que el mundo del vino no vaya hacia los jóvenes. Yo cada vez discuto más por estas cosas. Sí hay algunas empresas que apuestan por jóvenes porque saben por dónde va a ir el futuro. A nivel comercial hay mucha vieja escuela y, sobre todo, muchos más hombres que mujeres.

BM: ¿Porque las mujeres no se forman tanto como los hombres en este ámbito o porque no las contratan?

L: Sí hay, pero no las contratan. Yo he estado en los paneles de cata de algunos concursos y, a lo mejor, de veinte que éramos, había dos mujeres, una o ninguna. Entonces… pues algo pasa. Mucha vieja escuela en este mundo.

BM: Si un joven quiere empezar a beber vino… ¿qué le recomiendas? Con la cerveza normalmente hacemos un esfuerzo para que nos guste, ¿pasa esto con el vino?

L: En el vino la gente suele entrar más por los semidulces, dulces o frizzantes. Con que empiecen por ahí, ya va bien. Ya eso les abrirá a conocer un poco más el vino, las variedades y los diferentes estilos. Es una buena manera de empezar. Para gusto colores, igualmente.

BM: Vale, y una vez se abre esa puerta y digo “esto me interesa, quiero aprender más”, ¿qué hago?

L: Yo, cuando quise empezar a conocer el mundo del vino, lo que hacía era ir al supermercado con un presupuesto, creo que eran menos de 7 euros por botella, con una sola regla: comprar vinos monovarietales, es decir, de una sola uva. A lo mejor me compraba un día una tinta fina, otro día una merlot, otro día una cabernet sauvignon y así iba probando diferentes monovarietales. Así, luego, cuando te viene una tinta fina con merlot dices “ah, ya sé lo que es una tinta fina, ya sé lo que es una merlot y ahora entiendo este vino”. También, ir probando… no probar siempre el mismo Rioja o siempre la misma zona. Ir cambiando y entender. Tener la curiosidad de decir “voy a ver cómo está hecha una tempranillo en la Rioja, voy a ver cómo está hecha una tempranillo en Cataluña, otra en Ribera del Duero…”. Así, aunque no lo pienses, vas haciéndote una idea de cómo son los vinos y las variedades.

BM: También hay muchas apps que pueden ser útiles.

L: Sí, pero son muy subjetivas. ¿De qué me sirve que me digan este vino tiene 3 estrellas o 5 estrellas? También están los puntos Parker, los puntos Peñín… que sí, te dicen si el vino está bien hecho o no. Pero, al fin y al cabo, el que decide si te gusta o no, eres tú. Hay gente a la que le gusta el bocata de chorizo y nutella, y hay otra gente a la que no. Pues eso es igual en el mundo del vino.