“Tropezando con muebles / a tientas, cruzaremos el piso / torpemente abrazados, vacilando / de alcohol y de sollozos reprimidos, / Oh innoble servidumbre de amar seres humanos, / y la más innoble / que es amarse a sí mismo!”.

Así termina Contra Jaime Gil de Biedma (1969), uno de los poemas más repetidos del poeta barcelonés. No es la única ocasión, ni de largo, que Gil de Biedma menciona el alcohol en su obra, ya sea poética o no.

En sus diarios, o tal vez en Retrato del artista en 1956, ahora no recuerdo, menciona que muchos militantes de la Gauche Divine vivían un régimen de cinco libaciones diarias. Empezaban con el aperitivo, seguían con el vino del almuerzo, enlazaban con los espirituosos, tomaban el vino de la cena y concluían el día con innumerables copas en Bocaccio.

Aquella forma de beber, nada recomendable, era el signo de los tiempos y una de las muestras de cierta actitud ante la vida, cierta actitud bohemia e insaciable de experiencias que arranca quién sabe cuándo pero que Arthur Rimbaud encarna mejor que nadie en un pasado, digamos, reciente.

Sin alcohol, la obra del primero de los poetas malditos es inconcebible y es que el autor de Una temporada en el infierno y Las iluminaciones fue un admirador confeso del ajenjo y su capacidad para elevarle a otro plano, casi entroncando con Baudelaire: “Tienes que estar siempre borracho. Eso es todo: es la única forma. Para no sentir la horrible carga del tiempo que te rompe la espalda y te doblega hacia el suelo, tienes que estar borracho continuamente. / ¿Pero borracho de qué? Vino, poesía o virtud, como quieras”.

¿La historia de la literatura sería muy distinta sin el alcohol? Sin duda. Verlaine, Poe, Wilde, Hemingway, Capote, Plath, Fitzgerald, Lowry, Sexton, Bukowski, Duras, Vila-Matas… La lista de escritores  que bebieron es interminable.

Hemingway es, sin duda, el escritor que primero viene a la cabeza al pensar en autores y bebidas.

Pero mientras unos aprovecharon su dependencia para vender cierto glamour –hay que recordar el poema en que Bukowski evoca con orgullo su etílica aparición en la televisión pública francesa ante 50 millones de telespectadores–, otros como Marguerite Duras lucharon fuerte contra ella, algunos como Hemingway o Fitzgerald murieron a causa del alcohol y otros vencieron el alcohol y siguieron trabajando con aún más brillo.

Es el caso de Enrique Vila-Matas, quien tras un colapso físico que le hubiera llevado al coma en 2009, decide abandonar los malos hábitos –en alguna ocasión ha confesado que buena parte de su obra fue escrita con una terrible resaca– y empezar a explorar nuevos caminos literarios.

Al respecto de su colapso, Vila-Matas hizo esta valoración: “Llevo gafas de sol para ir por la calle porque veo demasiado. Es decir, antes bebía demasiado, pero es que ahora veo demasiado. Capto todos los detalles”.

Vila-Matas, un año después de su colapso, publica Dublinesca y en 2012, Aire de Dylan, dos obras que sirven para marcar una frontera entre su obra etílica y su obra sobria, mucho más ligera, mucho más inglesa –como quizá diría él–.

Así, aunque uno está seguro de que la historia de la literatura hubiera cambiado si el alcohol no existiera, no sabría decir si el cambio hubiera sido a mejor o a peor.

Porque aquí se hace cierta aquella frase falsamente atribuida a Bukowski: muchos encontraron lo que amaban y dejaron que les destruyera.