Sólo hay que fijarse en la firma. En bares como el Mauna Loa o el Bora Bora hay vasos tiki de la casa Pavón que tienen treinta años. Nuestra curiosidad nos ha llevado a reivindicar el trabajo de una empresa familiar que lleva casi cinco décadas dando forma a las porcelanas que sirven de recipiente a los cócteles más exóticos en todo el mundo. Repetimos, en todo el mundo. Para ello, conducimos hasta Borox, provincia de Toledo, un pueblecito entre Illescas y Seseña. Allí, en la calle Loza, (dónde si no), encontramos la fábrica de Porcelanas Pavón. Nos reciben la matriarca Conchi y uno de los hijos, Juanjo Pavón, que en seguida se mancha las manos de disolvente y aguarrás. También nos saluda una ruidosa mascota tiki: un periquito, claro.

Para Juanjo Pavón, su trabajo es su pasión. Y ha salido un pareado.

Todo empezó cuando en 1948 Juan Agapito Pavón entra en una empresa de Barcelona para aprender el oficio de la porcelana. Regresa a principios de los setenta a su Toledo natal y funda en Borox su propia fábrica, primero en una nave cercana a la actual. Fueron buenos tiempos para Porcelanas Pavón, daba trabajo a más de 80 personas, pero la irrupción del mercado chino y el repentino fallecimiento de Juan precipitaron despidos. Resistieron. Desde 1972, llevaban fabricando mucho menaje de cocina, complementos para el baño y ya contaban con una sección tiki que “funcionaba pero estaba algo apagada”, reconoce Juanjo. Por aquel entonces, en España apenas estaba el bar Kahala de Barcelona, abierto por Ángel Nieto hasta que lo vendió a Nicolás Pacielo.

Los nenes se han criado aquí, debajo del mostrador”, nos cuenta orgullosa la madre de cinco hijos Pavón. “Me decían: hay un gatito. No, era un niño. El mayor ha sido alcalde del pueblo ocho años. Luego esta Silver, Damián tiene una cafetería en el pueblo, La Sevillana, Juanjo y Francisco. Cinco varones”. En el negocio, Francisco se dedica a la colada, Juanjo y Silver a la decoración de los vasos. También está ella: “Ya no trabajo pero les echo una manita”. 

De aquella primera época conservan cartas de coctelería que son reliquias, coloridos pliegos de hace cuarenta años. “Nos las intentan comprar pero por nada del mundo las venderíamos”, advierte Conchi muy firme. Estamos en pleno revival tiki, recordemos, y estos souvenirs son carne de mitómanos. “Pero es que además las necesitamos––puntualiza Juanjo––, porque cada cliente nos pide sus referencias. El Bora Bora nos pide que les hagamos veinticinco del modelo Tamara-Hai, que es caña con totem. Tenemos que ir a su carta y fijarnos”. Por dar otro dato, acaban de cerrar una partida de 1.500 vasos para Marie Brizard.

No les pongas precio porque no te las van a vender.

Pero, en serio, ¿por qué fabricar mugs en el Borox de los años setenta? “Por el coco y la piña”, responde Juanjo. “Mi padre estuvo en el circo, era músico y viajó, así que en algún momento vería algún cóctel en una piña o en un coco. Después llegó a Barcelona y empezó a trabajar en una empresa para aprender cómo fabricar un vaso de porcelana que se pudiera reutilizar. Y aquí ya se empezaron a sacar modelos poco a poco. Tenemos modelos con 48 años”. Nos enseña alguno. Reluciente. Increíble. Los de antes contenían cadmio. Debido a las exigencias alimentarias ahora se ha tenido que eliminar esos componentes tóxicos. Cada una de estas piezas ya está registrada por Sanidad. Las de cerámica de otras casas, conviene refrescar, no valen para el uso doméstico, el barro ya no está admitido para uso alimentario.

La de Porcelanas Pavón es una pieza resistente, que no se rompe por más que se meta en el lavavajillas. Aguanta cientos de lavados, es porcelana vitrificada. “A lo mejor quedo mal ahora pero tiras el vaso y no se rompe”, desafía simpática la madre. “Hay gente que fabrica en cerámica, en barro, en loza, pero al lavarlo en lavavajillas se va cascando. Es porosa, coge humedad con cada lavado y se va rompiendo”. Lo bueno que tienen las piezas de porcelana es que entran dentro del coleccionismo y también del negocio de la coctelería. “Están más valoradas por eso”. La durabilidad es fundamental para el fetichista. “Y si tienes una coctelería… La gente llega de Estados Unidos a conocer el Kahala porque es una de las diez coctelerías tiki más valoradas del mundo y hay un circuito coctelero”.

Es un trabajo artesanal que convierte cada pieza en una obra de arte

En Estados Unidos, sus mugs dan juego en locales muy cotizados. Son habituales en la feria mundial de California Tiki Oasis. Hacen grandes pedidos desde Melbourne y, en general, todo Australia. Producen unas cinco mil o seis mil piezas al año. A un color y con un logotipo pueden pedir doscientas cincuenta de una tirada. Hay poco fabricante así, algún taller suelto. “En España no hay nadie y en Europa hay gente que tiene tres o cuatro moldecitos pero muy de coleccionista”. El almacén del Bora Bora guarda más género de Porcelanas Pavón que ningún otro lugar, incluida la fábrica de Borox.

Sirven en Madrid para Bibo o Amazónico, incluso para el de Dubái. “Este tipo de locales meten un par de modelos a un solo color. Amazónico usa un verde inglés o un azul royal. No es lo mismo que una coctelería”. En ellas cabe más la fantasía.

Ha crecido con el mundo del tatuaje –– explica Juanjo––, cuando hubo ese boom en España hace diez o quince años, muy arraigado al tiki americano, al rockabilly, esa onda. Antes en España había cuatro locales que eran los típicos maorí hawaiano. Piña, coco, plátano, mucha fruta, cabezas de loro, alguna hawaiana, algún paraíso con alguna palmerita… Con el mundo del tatuaje y la moda rockabilly hipster creció mucho. Es una cultura americana. Nos conocen más allí que aquí”. De hecho, sacan fuera el 80% de su producción, un 60% a Estados Unidos.

De Toledo a Estados Unidos. Porcelanas Pavón exporta principalmente a ese país.

Estos tiki venden mejor que un vaso de tubo. Son más atractivos”. Juanjo tiene afición pero matiza: “Tengo un poco de vicio en el ojo. Llevo veinte años de coctelería en coctelería y ya no voy a tomarme un cóctel a propósito o a ver un vaso. Lo veo todos los días. Prefiero tomarme un gintónic en cualquier sitio tranquilo. Ya no tengo el factor sorpresa que puedas tener tú, es normal. Visito coctelerías, pero no soy un friki del cóctel. Del tiki sí, porque es mi trabajo y me empapo, es mi vida y me encanta”.

El Kahala es el mejor bar de España. En Mataró, el Skiros, una nave grandísima con un montón de zonas, está guay. El Bora Bora de Ventura Rodríguez, en Madrid, es un bar bonito aunque la dirección no lo esté explotando como yo lo veo. Pero como bar hawaiano coctelero, el Kahala. Vas y hay cola, está valorado. El otro día fue una pareja de Miami y después vino aquí a llevarse una maleta de piezas. ¡Desde Miami! A Alaska y Mario también les mola mucho, vinieron en su día. Hay gente que viene y se tira dos horas y me pregunto qué querrán ver. Yo me levanto y me acuesto con los tikis. En mi casa tengo uno o dos, la colección la tengo aquí”. 

Toda la decoración externa se hace a mano.

Su trabajo tiene futuro. “Esta línea nos ha permitido exponer hasta con IvoryPress, la galería de Norman Foster”. El colectivo artístico cubano Los Carpinteros expuso su obra Tomates en Arco 2013. “Me pagaron bien pero la plusvalía artística no la tengo. Se vendieron los 25 tomates de porcelana espachurrados en la pared en 150.000 euros. Para el que se dedica a la artesanía trabajar para una de las mejores galerías de arte del mundo es el mejor pago, que tu trabajo esté en el Moma, en Suiza… Pero no te haces rico”. Un poco engañoso lo de Los Carpinteros, a la postre una marca, porque todo el trabajo lo hizo Juanjo.

Le llueven ofertas de galerías y ferias para decorar. “Pero este es mi trabajo, me caigo de mi cama y estoy en el trabajo. He dado casi la vuelta al mundo pero vivo feliz así. Quien quiera verme que venga a mi casa”.

Fabricación: Enmoldar, refinar, esmaltar, cocer y decorar.

La pasta se compone de cuarzo, coalín y feldespato, más algún componente químico para dar el porcentaje de elasticidad necesario para enmoldar. Entra en el pozo cuyo motor funciona los 365 días, no puede parar ni de día ni de noche. Sin ese movimiento constante se espesaría la mezcla y se haría cieno. Se lleva al molde de escayola. Se llena, va cogiendo grosor, y cuando tiene el adecuado se vuelca y se queda la pasta pegada a las paredes del molde. Como la porcelana tiene memoria se necesita una doble boca o doble culo. Se quita la primera boca para que la real no se mueva. Son moldes muy gruesos porque hacen de depósito de la humedad sobrante.

Paqui se encarga del refinado a mano y pieza a pieza para quitar las costuras. “Cuarenta años dándole caña” reconoce Juanjo. Se seca y pasa a una primera cocción de ochocientos cincuenta grados para la primera cochura, el bizcocho poroso que después se sumerge en barniz para sellarse. Aquí se vitrifica absorbiendo el esmalte. Se termina de cocer en el horno a 1.285 grados durante seis horas, “con una curva de mantenimiento a los 1.000 grados que es donde está el quid de la cuestión”, para obtener porcelana vitrificada como la taza de café del bar.

Las piezas menguan en la última fase del proceso, durante el mantenimiento. “Reduce en escala. Para el tema de las capacidades hay que calcular muy bien. Es mini arquitectura. El hielo picado es más barato que el whisky y hay quien no suele poner problemas y les da igual que esté en 600 ml que en 620 ml, salvo algunos sitios que son estrictos con las medidas del cóctel”. Pero están acostumbrados a ser precisos. Influyen también las condiciones del clima. Lo más favorable es un ambiente fresco, seco y con ventilación, “el ambiente en el que tienden las monjas la ropa”. Las piezas no secan mejor porque haya más sol.

Este almlacén es el sueño de cualquier tiki lover.

Hay diferentes tintes del color. Todas las piezas a un color con el interior igual se hacen en inmersión. Son más económicas. Las piezas que por dentro son blancas y por fuera están pintadas son las que se decoran después. Una vez salen blancas, se las pinta con aerógrafo y pincel y se vuelven a cocer a 800 grados. Son más caras, las de la mayoría de las coctelerías tiki. “Por eso entra dentro del coleccionismo. Una piña pone Porcelanas Pavón Borox (Toledo) 1985, y otra piña, del mismo modelo, pone 1997. La decoración es distinta porque está hecha a mano.” El valor de la artesanía, elevado casi a arte.

“Es un oficio más. Llevamos toda la vida. Había un decorador ya jubilado, Carlos Carrillo, que fue el que empezó con mi padre a decorar. Yo desde pequeñito andaba con él”. Juanjo utiliza pincel y aerógrafo con colores cerámicos. Requiere cierta técnica y maña. “Estoy lanzando un color con agua a un fondo blanco vitrificado, por lo que hay que saber dar el punto exacto de densidad del color para que no chorreé y se quede pegado a una base que no es porosa. Es como dibujar en un cristal. No es complicado porque lo hago yo y eso quiere decir que lo puede hacer cualquiera. Con lo que se nace es con la imaginación. Pero la técnica se aprende”.