En 1906, Picasso, influenciado por Cézanne, El Greco y unas máscaras africanas que vio en el Musée de l’Homme, decide retratar con un estilo bastante raro a cinco señoritas que trabajaban en la calle Avinyó de Barcelona. Pikachu, perdón, decide pasar de todo y hacer lo que le sale de la brocha. No va a pintar un retrato realista sino algo muy raro, un cuadro que algunos de sus coetáneos mirarían con horror. Los más cuñados de la época dirían que aquello lo podía hacer un niño novecentista de tres años, pero otros coetáneos, más avispados, observarían con asombro y admiración. Afortunadamente para el cubismo, Las señoritas de Aviñón fue propulsado al Olimpo de la pintura por los segundos, y los primeros se quedaron en casa sin entender nada y quejándose, seguramente, también de la aparición del Salvarsan, un medicamento con el que podían tratarse la sífilis. Carpetovetónicos ha habido siempre.

Comparar cualquier cosa con la obra de Picasso –del que siempre hay que decir que era un poco mala persona– es peligroso porque parece que la cosa comparada vaya a ser una obra de arte, pero ese no es mi punto. Aquí de lo que se habla es de riesgo.

Cuando Picasso decidió pintar de aquella manera tan rara estaba asumiendo un riesgo, haciendo algo que nadie había hecho todavía. Eso acabó bien, pero si la opinión que hubiera triunfado hubiera sido la de los serios de la pipa hoy quizá consideraríamos Las señoritas de Aviñón un garabato. Quién sabe.

En Holanda se hace vino

Hace poco viajé a Limburg, una región al sur de Holanda, limítrofe con Bélgica y Francia, cuya capital es Maastricht. Viajé ahí no por casualidad, sino invitado por la agencia de turismo del lugar, que tenía mucho interés en que un nutrido grupo de periodistas de toda Europa conociera, entre otras cosas, los vinos holandeses.

Saint Martinus. Una bodega singular. EIGHTY8THINGS/ROWENA RUTTEN

Hay que decir que la tradición vitivinícola de Limburg dista mucho de ser milenaria. Digamos que algunas canciones de Elvis Presley son más antiguas que el viñedo más viejo. Y es que en Limburg empezaron a hacer vino hace cincuenta años. Cincuenta añadas. Y no hay más que una treintena de bodegas, algunas de ellas amateurs. Esta es toda la historia de los vinos holandeses.

Eso hizo enarcar mi ceja derecha, claro. Eso y la boreal localización de la más austral de las regiones holandesas. Pero teniendo en la cabeza a los cuñados que no entendieron a Picasso, me despojé de mis prejuicios e intenté abrir la mente.

La libertad de encontrar tu terruño

El caso es que la buena gente de turismo de Limburg nos llevó a visitar dos viñedos y en el segundo de ellos entrevi algo llamado libertad. Fue gracias a Wiepke Neddermann, la enóloga de Saint Martinus, una bodega establecida en 1988. Después de mostrarnos las viñas, Wiepke nos acompañó a la bodega y recorrió con nosotros las modernas instalaciones, más parecidas a un búnker futurista o una base rebelde de Star Wars que a una bodega como las que conocemos. Luego nos atizó unos cuantos vinos, claro, vinos holandeses elaborados con uvas de nueva generación como la Cabernet Cortis –creada en 1982– y la Johanniter –ya con más historia, de 1968–. Ambas uvas fueron creadas para resistir el ataque de hongos, climatologías de mucha humedad y pocas horas de sol. Admito que no las había probado antes. Y admito que no terminaron de convencerme aunque tampoco me horrorizaron, fueron simplemente diferentes. Wiepke, y Saint Martinus en conjunto, estaban asumiendo un riesgo.

La uva Cabernet Cortis es millenial: nació en 1982. Foto: Eighty8things, Rowena Rutten

Nos contó que cuando empezaron a hacer vino reflexionaron mucho sobre qué vino debían hacer. No qué vino querían hacer. Sino qué era conveniente hacer. ¿Iban a imitar la Borgoña? Imposible. ¿Imitarían a Rioja? Nanai. Ni el clima, ni la nula tradición, ni las variedades de uva que prosperarían en la zona iban a permitir hacer algo parecido a lo que se hace en otros lugares. Se dieron cuenta de que el terruño no existía. De que lo tenían que encontrar. Y cuando se dieron cuenta de eso decidieron ser libres. Empezaron a elaborar espumosos, tintos, blancos, destilados al estilo de la grappa y también estaban pensando en elaborar algo parecido a los vinos de Porto. ¿Están buenos los vinos holandeses? Mi paladar tuvo muchas objeciones pero lo cierto es que vendían toda su producción -en Holanda- y que el negocio les iba viento en popa. Hacían lo que les salía del moño y se ganaban la vida –bien–. ¿Se puede pedir más en esta vida?

Al final, cuando me di cuenta del valor de Wiepke y de los patrones de la bodega, puede apreciar su vino, pude encontrar el mérito y ver que era un vino libre, libre de supuestos sobre cómo debía ser, porque nadie suponía que ahí se pudiera hacer un vino. Y como winelover  Santi me debes el carnet desde hace tiempo–, aprecié mucho eso.