Alrededor de las cosas importantes de esta vida existen especulaciones: la receta de la Coca Cola, la creación del universo, el color de aquel vestido azul-negro o blanco-dorado -era blanco y dorado, por cierto-, la expresión de la Gioconda, la llegada del hombre a la Luna y la historia del Dry Martini.

Dry Martini Hotel

Igual aquí empezó todo. Alec Favale en Unsplash.

“Ponme un dry, Martini”. Parece que así le pedían allá por 1910 un cóctel seco al jefe de barra del Hotel Knickerbocker de Nueva York, que se llamaba, fíjate, Sr. Martini. Y este señor les servía ginebra con vermut seco. Por su popularidad al final el cóctel acabó tomando su nombre. Esta es una de las teorías. 

Una teoría evolutiva

Luego tenemos, como en la vida misma, la teoría de la evolución –pero esta no la pensó Darwin–. Se dice que todo comenzó con el Manhattan, un cóctel que llevaba whiskey, vermú rojo y amargo de angostura. Parece ser –según insinúa he Modern Bartender’s Guide (1884)– que del Manhattan se pasó al Martínez –que cambia el Whiskey por Ginebra– y, más tarde, se llegó al Dry Martini –cambiando el vermú rojo y la Angostura por vermú seco–.

Algunos creen que este cambio del dulce del Manhattan al carácter seco del Dry Martini puede haber venido por las tendencias europeas. Tras la imposición de la Ley Seca en Estados Unidos en los años 20, muchos emigraron a Europa y se adaptaron a sus costumbres del beber.

Quizá fue la publicidad

Martini Vintage Ad

Martini, ¿ángel o demonio?

Por último están los que creen que el Dry Martini nació por una inciativa publicitaria.

A mediados del s XIX, se empezó a distribuir Martini en Estados Unidos, más o menos al mismo tiempo que surge la London Gin, más seca que las ginebras de la época. Unir ambas en un cóctel era una buena campaña comercial y Martini no tardó en hacer popular su eslógan It’s not a Martini unless you use Martini vermouth.

El cóctel no tardó en hacerse popular y en convertirse en un símbolo. Por ejemplo, Ernest Hemingway en Adiós a las armas, hace que su protagonista, Frederick Henry, se refiera al Dry Martini en los siguientes términos: Nunca había probado algo tan fresco y limpio. Me hacía sentir civilizado”.

Otro ejemplo: Winston Churchill lo prefería con muy muy muy poco vermut, casi que la ginebra lo viera desde lejos y ya. Y James Bond, bueno, el agente 007 prefería un Vesper Martini, que viene a ser lo mismo pero con un poco de Vodka, y solía pedirlo shaken, not stirred.

Última curiosidad: el Hotel Knickenbocker cuenta hoy con una Martini suite en la planta decimoquinta, con unas espectaculares vistas a Times Square. Un lugar que se nos antoja perfecto para tomarnos un Dry Martini mientras especulamos sobre su historia.