Pedir un americano es un gesto lleno de glamour. Sin saber muy bien por qué, lo asociamos a sofisticación, a película de James Bond,  a voz ronca. Bueno, al menos a mí me pasa. El Americano es uno de los aperitivos por excelencia, (menos rotundo que el Negroni, que lleva ginebra), y combina Campari, vermut rojo, un toque de soda y se adorna con media rodaja de naranja. 

Parece ser que lo sirvió por primera vez Gaspare Campari en 1860  en su bar de Milán, ubicado en la Galleria Vittorio Emanuele II. Sí, 1860, que para situarnos mínimamente es el mismo año en que España y Marruecos firmaron un acuerdo de paz, en Estados Unidos Abraham Lincoln ganó las elecciones, se originó la guerra de Secesión y Charles Dickens publicó Grandes Esperanzas. En cuanto a la indumentaria, la gente vestía así:

¿Te suenan estos personajes?

El mismo señor Campari había creado el Amaro Campari, su propio aperitivo, en Milán. En Turín, ciudad próxima, la gente brindaba con Vermut rojo, aperitivo por excelencia y creación de Antonio Benedetto Campano mucho antes, en 1786. Hacia el año que nos ocupa, 1860, ya se bebían ambos aperitivos combinados formando el Milano-Torino o MI-TO, es decir, Campari y Vermut a partes iguales,  y cuando el señor Gaspare Campari le añadió soda, (o puede que al principio fuera agua, para rebajarlo),  nació el Americano. Era una adaptación lógica a una bebida básica como el MI-TO. 

Pero, ¿por qué se llama así? Existen varias teorías y esto va al gusto del consumidor; quédate con la que más te plazca. La primera hipótesis hace referencia a un boxeador de los años treinta del siglo XX que era el starlet del momento, Primo Carnera, también conocido como “La montagna che cammina” de lo grande que era. Como Primo se convirtió en campeón mundial en la ciudad de Nueva York, la gente pasó a llamarle “El Americano”. Y como el tipo ganaba muchas competiciones, en las celebraciones de sus victorias, la gente brindaba con esta bebida… Y ahí lo tienes.

Un boxeador pensativo.

La segunda teoría habla de turismo americano. También en los años treinta, con la ley seca en Estados Unidos en pleno apogeo, parece ser que bastantes americanos llegaron a Italia y pedían un MI-TO “a su manera” , es decir, con hielo y algún tipo de bebida gaseosa. 

En realidad, la explicación más probable del  nombre (aunque menos glamourosa) es que la palabra derive de “amaro”, que en italiano significa amargo, o de “amer”, que es amargo en francés. Y de ahí a la creatividad popular, sólo hay un paso. 

Sea como sea, este clásico de clásicos, imprescindible para los amantes del vermut, tiene además un buen “story telling” detrás. Piénsalo la próxima vez que te tomes uno.