Siempre hay que empezar por el principio y más si el principio es deprimente.

Así empiezan las historias épicas.

Además este comienzo no solo no es conocido por el público generalista, sino que cree que ocurre lo contrario.

Al tema: en España el consumo de vino es bajísimo.

Haciendo una sencilla búsqueda en Google nos encontramos que en este país, datos de mayo de 2018, según la OIV (Organización Internacional de la Viña y el Vino, no entiendo entonces por qué no se llama OIVV) ocupamos, con un consumo de 21,48 litros por persona, el puesto vigésimo sexto (26) del mundo.

Pensad que en esta estadística se incluye el vino vendido en España independientemente de la nacionalidad del comprador, y recibimos millones de visitantes, todos los años, que, entre otras cosas, vienen a beber.

Si se pidiera el DNI, algo muy VOX lover, resultaría que los españoles podemos irnos a consumos de vino de Estado Islámico, algo nada VOX lover. Qué paradoja (salvo en Irán).

En Europa nos pasan por encima, básicamente, todos los países, desde los evidentes como Francia (40,47 litros) hasta, con victorias más ajustadas, los inesperados como Malta (21,87 litros).

Este es el escenario.

Pero hay motivos para la esperanza, hace nada estábamos peor, aunque suene increíble. En los últimos años el consumo de vino se ha estabilizado e incluso ha aumentado un poco.

Entonces, ¿quién consume vino en este país?

¿Quién? ¿¡Quién!? Foto: Zachariah Hagy para Unsplash

La respuesta no es tan compleja como pudiera parecer, quitando al ocasional, al navideño, al que no es que lo consuma sino que compra para regalarlo y al que lo toma pero en sangría o forma de vermut (si, el vermut es vino), podemos quedarnos con tres bloques:

  • La gente mayor (pre Instagram)
  • Los cuñados
  • El winelover

El primer grupo es obvio, seres humanos que llevan bebiendo toda la vida y tampoco se lo plantean con ninguna pretensión, con que no les mate ya les vale.

El segundo grupo provoca la hilaridad del tercer grupo ya que es el que bebe pensando que en este planeta no hay vinos tintos mejores que los españoles, porque no hay mejor vino que el tinto (de hecho consideran, cómicamente, que blancos, espumosos, rosados y dulces no son, por así decirlo, vino), porque no hay mejor país viticultor que España (Francia e Italia son peores pero es que se venden muy bien), porque este vino de 4 euros del Mercadona ganó un premio, porque este tiene nosecuantos puntos Parker o Peñin, porque soy así todo el rato.

Este subconjunto básicamente bebe Rioja, Ribera del Duero, Rueda o Rias Baixas (las 4 erres), aunque, ellos en un ejercicio asombroso de rebranding los llaman, siguiendo el orden anterior, riojita, riberita, verdejito fresquito y albariño. Aunque también los hay que en un giro de guion tremendo rechazan estas regiones, por manidas, pareciéndoles de lo más exóticas otras como Bierzo, Jumilla o Priorat.

Pero bueno, tanto unos como otros, al menos, beben vino.

¿Qué? ¿Un riojita? Foto: Kelsey Knight

Ahora toca abordar al colectivo estrella, y es que la que tienen liada estos es de lo más curiosa.

En primer lugar tienen una cándida, y exagerada, perspectiva sobre su número e influencia y es que winelovers en este país no hay ni doscientos, y de ellos la mitad son un fake, pero ellos piensan que son un montón y que su gusto es imitado por toda España.

Pero antes de nada, ¿qué es un winelover?

Pues es alguien que bebe vino, que sabe, o eso cree, de vino y te lo hace saber ya sea directamente, aunque no venga a cuento, o a través de redes sociales.

Los diferencia con los grupos de consumo anteriores en que beben con pretensiones.

Una botella deja de ser un líquido de uva fermentada para convertirse en una proyección de tu personalidad. Según bebas así eres.

Trasciende incluso al lifestyle al tener una vertiente no solo intelectual, sino también ideológica.

No vale con descorchar un vino blanco. Hay que abrir algo que sea tendencia, o, depende del momento, ir a la contra (por ejemplo, tintos gallegos y blancos mediterráneos), no consumir referencias muy baratas (todo lo que sea de menos de cinco euros está prohibido), y valorar los vinos anecdóticos y las producciones pequeñas (ya que suena a que sus elaboradores son buenas personas).

La xenofobia ampelográfica está permitida y bien vista, se tienen bajo sospecha a los vinos de un país a base variedades foráneas (por ejemplo, un Bierzo con Cabernet Sauvignon) y se tiene muy presente la tipicidad.

Los vinos naturales, y más los españoles, si eres un winelover yeyé y progresista, te tienen, más o menos, que gustar. Si eres neoliberal, nanay.

Y ojo que esto es muy dinámico, que hay regiones, variedades o productores muy de moda un año y, al siguiente, ya aparece otro ocupando su lugar.

Aquí es donde más se detecta un winelover fake (más de la mitad), loando vinos que hace años ya bebía el real winelover, o que, ya pasado el hype, resulta que no tenían ningún interés.

Como puede observar el avezado lector, este patrón es exactamente idéntico al que pasa con el de la escena musical o cinematográfica.

A escala nano, eso sí. Qué aquí se está hablando de algo que no le importa a nadie.

Por lo tanto estamos en una situación en la que según tus elecciones de consumo serás más o menos winelover.

Si hubiera un carnet winelover, hay elecciones que suman y otras que restan, no todo vale en el mundo winelover.

Y la gran pregunta: ¿quién decide la concesión de esos teóricos puntitos en ese teórico carnet?

Y la mejor respuesta: nosotros mismos.

Bienvenidos al wineloverismo.

Foto de portada: Scott Warman para Unsplash