Por segundo año consecutivo, los tres grandes productores de la DO Cava, pagarán por el kilo de uva un precio que no se veía desde 1989. En concreto, Freixenet e Isidre Pagès –elaborador de vino base para Jaume Serra, de J. García Carrión– desembolsarán 0,30 euros el kilo y Vallformosa, 0,33.
Esto sucede, además, en un año que el Consejo Regulador ha reducido el rendimiento por hectárea de 12.000 a 10.000 kilos y los viticultores han visto reducida la cosecha entre un 35 y un 50% por mildiu –hongo producido por el exceso de humedad–. En el peor de los casos un viticultor ingresará entre 1.500 y 1.950 euros por hectárea vendimiada.

Un precio vergonzoso

Para Isabel Vidal, jefa sectorial de la viña de la asociación Joves Agricultors i Ramaders de Catalunya, este es “un precio vergonzoso que no cubre los costes de producción”.
Esta agresiva política de precios ha sido propiciada por un exceso de stock de botellas y vino base, el mismo exceso que provocó la regulación a la baja del rendimiento por hectárea antes mencionada, medida que los viticultores aceptaron como un mal necesario para que la cantidad de kilos vendidos no se desplomara. Pero sostener estos precios en el tiempo llevará a los agricultores a la ruina.
Según Isabel Vidal, para cubrir costes, el precio del kilo de uva obtenida por agricultura convencional debería situarse entre 0,40 y 0,45 céntimos. El kilo con certificación ecológica debería pagarse a un precio mínimo de 0,60 euros. Y la uva de viticultura biodinámica debería adquirirse a un mínimo de 0,70 euros el kilo.

Brillantes resultados para los tres grandes productores

Estamos hablando de cubrir costes, ni siquiera de obtener beneficios, y mientras los payeses no consiguen ni eso, Freixenet, que representa el 9,7% de las ventas mundiales de espumoso, cerró en 2019 el mejor ejercicio de los últimos 10 años. Tampoco parece que les vaya mal a J. García Carrión ni a Vallfromosa.
Más allá de hacer análisis y elucubraciones ya manidas que nos llevarían a concluir que los payeses y el resto de mortales estamos bajo la bota del neoliberalismo más salvaje, lo que observo con perplejidad es la inoperancia de la DO Cava para defender los intereses de la base de su cadena de valor: la viticultura.
En teoría, el Consejo Regulador ampara a productores de espumoso, productores de vino base y a viticultores. Pero, visto lo visto, los agricultores son paradójicamente castigados.
La paradoja reside en que sin primer sector, el segundo es inviable. Y cuando ya no queden payeses que produzcan dentro de la DO ya me dirán dónde se tendrá que cultivar la uva. Aunque vistos los derroteros que ha tomado últimamente esta denominación de origen –¿o sería mejor decir de orígenes?–, cualquier cosa es posible.

¿Una DO sin competencia entre sus productores?

Para Isabel Vidal, la solución no pasa por la confrontación con estos tres gigantes ni con la regulación de precios por parte de la DO –práctica que está prohibida por ley–, sino por buscar sinergias con el resto de productores. “Se trataría de que los pequeños pasaran a ser medianos y que los medianos crecieran un poco más y tuvieran mayor capacidad y necesidad de comprar uva. Así se estimularia la competencia”.
Ojo, ¿no hay competencia? Si fuera así estaríamos pintando un mercado que parecería un oligopolio de tres cabezas. ¿Podría ser esa la raíz de todos los problemas de la DO Cava?
Aunque desearía que la respuesta fuera negativa, una situación oligopolística explicaría muchos movimientos que han sucedido en los últimos años. Como una deriva en busca de volumen, más que calidad o prestigio, que a la larga podría hacer que la percepción del Cava en el mercado internacional se acerque más a Prosecco -sabemos que los hay excelentes– que a Champagne -sabemos que los hay pésimos–, como admite el vicepresidente de Freixenet, Pere Ferrer, en esta entrevista. Qué casualidad.


Para la redacción de este artículo hemos consultado a Freixenet y a la DO Cava sin obtener respuesta.