Creo que hoy debuto en un género, el de la crónica viajera, por el que han deambulado, de una forma u otra, personalidades literarias como Marco Polo o Ernest Hemingway (que, por cierto, era Château Margaux very lover), artísticas y televisivas como Michael Palin, o su plagio español Javier Sardá, y sin duda mi favorito y referente: el Tío Matt de Fraggle Rock. Sé que es un muñeco, pero estaba muy bien guionizado.

Por lo pronto creo que viajar está sobrevalorado, quizá porque me toca hacerlo bastante lo he normalizado tanto que he dejado de verle mucho la gracia. Pienso que su mítica proviene de que el personal cuando más va a otro lugar es cuando está de vacaciones, lo que me hace pensar que lo mismo ya no es tanto el destino en sí. Es más bien no tener que madrugar, aguantar jerarquías laborales, atascos o transporte público. Lo típico de la gente, en definitiva, asquerosa que rodea tu cotidianeidad.

Si alguien resulta borde en la cola del supermercado es causa de enfado, pero si lo es un pastelero atendiéndote en Viena ya te ha generado una anécdota con la que decorar el análisis sociológico de tu viaje. Porque tú no turisteas, no, eso los demás. Tú viajas, eres un viajador. Claro que sí. De hecho, también ha perdido encanto viajar porque ya lo puede hacer todo el mundo. Vayas donde vayas, encontrarás un español turisteando, calzado con Chirucas, ya puede ser Zurich que llevará Chirucas, son muy cómodas y de Gore-Tex.

El caso es que esta afición al viaje, a escapar de tu rutina alienante, se ha visto por el mundo del vino como una fuente de ingresos bastante estimable. No deja de ser una forma de atraer clientes a entornos, por regla general, considerablemente bonitos dada su ruralidad y paisajismo. Les llegan seres humanos relajados que durante unos días no van a tener tantos reparos en gastar y consumir, para eso trabajan todo el año. Son gente a la que pasear; vender vino a precio de tienda, ahorrándote al distribuidor (y la propia tienda), y ofrecer experiencias, dado que el arquetipo social del s.XXI tiene de todo (internet, televisión, casa y coche) y lo que quiere es vivir, no tener.

VIñedo berziano. BIERZO ENOTURISMO

Experiencias como la del Valle del Río Napa sirven de ejemplo mundial, esta región se ha convertido en la atracción turística mas visitada de todo Estados Unidos. Sí, a mí también me extraña que esté por encima de Disneyland, pero una vez me lo dijo un Master of Wine (que ya no lo es) y yo lo repito porque viene bien para mi relato. En cualquier caso, os aseguro que Napa siempre se pone como la Arcadia del enoturismo.

El concepto napeño es con el que se llenan la boca bodegas y Denominaciones de Origen pero que no siempre ejecutan de manera deseable. Hay eventos en la Ribeira Sacra o Haro que son, a mi entender, un éxito total pero también existen demasiados casos de bodegas que no reciben a civiles porque no quieren tener chusma en sus dominios o porque no tienen plantilla para cubrir una jornada de atención al cliente decente.

También hay casos de horarios demasiado variables u ofertas poco atractivas. Muchas veces he visto largar al visitante después de un menú consistente en vistazo a la viña, paseo por los depósitos, y parque de barricas, para acabar en una cata que has cobrado a 15 euros en la que das dos o tres vinos baratujis y que venga el siguiente. De hecho, a este plan se le llama por parte de los iniciados “la visita del guiri”. Sintomático cuando uno invita a otro a su bodega y este le espeta un: pero no me hagas “la visita del guiri”.

El caso es que en este contexto vital va y me invita Bierzo Enoturismo a darme un garbeo por su región. Esto me interesó desde el principio ya que Bierzo puede ser la zona en donde mejor se está trabajando en temas como zonificación y demás wineloveradas. Realmente están atrayendo talento y son muchos los que les miran con envidia, dada la flexibilidad e inteligencia de sus reglamentaciones. Esta gente es bastante trendy, y eso que son leoneses. ¿Por qué no iba a serlo su oferta enoturística? Así que acepté encantado la invitación y allí que me presenté.

Como era una visita corta, dos días, una noche, no estaba el tema para reservarse así es que me llevaron a Valtuille a una de mis bodegas favoritas: Vinos Valtuille, bodega de vinos buenísimos, a menudo infravalorados.

Elena García, una de las partes regentes y amiga, nos enseñó una panorámica de Valtuille mientras nos apretábamos su recién embotellado Godello. Son las 11 de la mañana, empezamos fenomenal. Luego nos acercamos a una especie de cenador con vistas, en donde pude conocer a su hermano y enólogo, Marcos García, dándonos a probar toda su gama tinta. Una maravilla, lo malo es que lo siguiente en el programa es acercarnos a Villafranca del Bierzo para montar en bici gracias a Bierzo Natura. Me siento Juan Echanove, en el sentido de que no estoy yo para grandes despliegues físicos. 

Catando con Elena García. SANTI RIVAS

Al llegar a las furgonetas donde almacenan esas máquinas infernales, me informan de que son bicis eléctricas. Nunca he montado en una bici eléctrica por lo que no sé si eso es ayuda suficiente para evitar mi desfondamiento y posterior fallecimiento en cualquier subida. Lo es. Nada más montar observo que esto va a ser divertido. Con la ayuda de un guía (se llama David, hola David) vamos pedaleando por las carreteras y caminos mientras compruebo que para estas bicis no hace falta EPO. Una maravilla.

Aire en la cara, bici que va sola, buen día, nos dirigimos a Bodegas Gancedo, por cierto, es lunes. Es bien divertido ser yo. Una vez allí nos llevan a una sala de cata metida en un viñedo donde se suma el presidente de la DO Bierzo, Adelino Pérez, con también sus vinos, Bodegas Adriá, mientras almorzamos unas viandas berzianas de La Moncloa de San Lázaro. Toma wineparty. Si antes me sentía Echanove, ahora tengo la certeza de que voy a acabar como Echanove.

Probamos unos cuantos vinos, comemos y visitamos unas viñas de Godello antiquísimas, esto es motivo de orgullo, dado que en el Bierzo no hay mucha Godello con años. Como es una moda, más o menos reciente, esa de darle a los blancos con pretensiones, pues nadie hasta hace poco se preocupó de plantar esta variedad blanca.

Después paramos en la propia bodega, que aprovecho para visitar, y donde José Cereijo (propietario de Bodegas Gancedo) aprovecha, ahí de calentón, para abrir añadas antiguas (aquí entendidas como de mediados de los 2000) que resultaron espectaculares. Todo esto en un salón descomunal, con vistas al viñedo regional donde veo atardecer. Stendhalante.

Toca cenar y, ¿dónde vamos? Nada de restaurantes Michelin, ni pretensiones improcedentes del estilo, me llevan a una tienda de vinos de Ponferrada llamada El Salgueral cuya oferta se basa en vinos de la DO Bierzo, por un lado, y vinos de toda procedencia, pero de culto, por otro. Te puedes tomar un Pétalos o un Volnay de Vincent Girardin. Así sí.

Mientras, cecina, embutidos regionales varios, queso y demás alimentos que van a impedir que me desmaye. Pocas veces me lo he pasado tan bien en una tienda de vino, y eso que en las tiendas de vino es donde, normalmente, mejor me lo paso. Noche, día, para el recuerdo.

Amanece, me quiero morir, en serio, quiero irme de este mundo. Ahora es una putada ser yo. Y solo estamos a martes. Me recogen y vamos al Museo Arqueológico de Cacabelos, por aquello de no empezar a darle al vaso tan pronto y poder hidratarme. Sale una visita de lo más interesante aunque esté pensando que en cualquier momento me puedo desmayar.

Enoturismo por el bierzo

Dábale arroz a la zorra. BEBER MAGAZINE

Pero arreando que ya va siendo hora de darle al vino, nos vamos a Bodega del Abad. Bodega con otro concepto a las anteriores, más industrial, lo cual para mí no es nada peyorativo. A lo largo de la visita observo, tanto por lo que me comenta que quiere elaborar, como por los vinos que le gustaría beber, que el jovencísimo enólogo de esta bodega, José Cervera, es winelover.

En seguida en la sala de cata se deja de hostias y más allá de mostrarme los vinos emblemáticos de la bodega me deja probar sus creaciones más personales, y muestras de depósito, para que pueda convencerme de que este chico viene a wineloverizar a esta bodega.

Se me pasa la resaca, me entono y nos vamos a comer, a lo que se confirma como institución de la zona: La Moncloa de San Lázaro, donde comí uno de los mejores platos de pollo con patatas de mi vida mientras disfrutamos de algún vino más de la zona.

Y, nada, repleto de sueño y satisfacción me dejan en León para volver a Madrid y su gente divertida. Muchas gracias Bierzo Enoturismo (seguidles en IG) y a Ricardo Rodríguez por hacerlo posible y, sobre todo y más difícil, aguantarme.

Y hasta aquí mi primera crónica viajera, os haya gustado o no, vendrán muchas más.