Siempre he sentido cierta envidia por la gente homebrewer: con cuatro aparatejos y algo de paciencia, pueden hacer su cerveza en casa, proceso que, estoy seguro, tiene su dificultad, pero también su recompensa. Al final obtienen su libación favorita y la satisfacción de haberla preparado con estas manitas –las suyas–.

Quizá sea esta envidia, y una cierta dosis de curiosidad, lo que me llevó a preguntarme si yo podía hacer vino en casa –aclaro que no vivo en una finca agrícola–, en una casa más o menos urbana. Una parte de la culpa, también la tienen los cursos de WSET y, en concreto, David Molina. En una de las sesiones del primer o segundo nivel, cuando estábamos aprendiendo qué es el vino, Molina –un enorme formador, debo aclarar– dijo que hacer vino en casa es posible, pero que es virtualmente imposible hacer un vino de calidad. Más o menos estas fueron sus -ahora sé que sabias– palabras. Impossible is nothing, just do it: me piqué.

En estas que un buen día me planté en el supermercado más cercano. Suelo de gres, muy pobre, pisoteado y sin irrigación, situado a unos 60 metros sobre el nivel del mar, parcela bajo techo, recibe luz de fluorescente 10 horas al día y las temperaturas se mantienen estables gracias a sofisticados sistemas de climatización. Precipitaciones de 0 mm anuales. En este terroir encontré mis uvas, uvas de mesa claro, gordas y maduradas en cámara, de origen incierto, posiblemente venían del hemisferio sur. La huella de carbono del experimento empieza siendo profunda. La cosecha fue escasa, de un kilo con dos cientos cuarenta y seis gramos, pero suficiente para mi propósito. 

Los pies no me caben en el táper. BEBER MAGAZINE

Ya en casa, seleccioné manualmente las uvas. Las pochas fueron al cubo de la basura y refrigeré el resto durante 24 horas. Pasado este tiempo prensé en táper de Ikea manualmente –los pies no me caben en la tartera, calzo un 44– y añadí tres gramos de levaduras seleccionadas en el mismo supermercado –Saccaromyces Cerevisiae industrial, la levadura seca de panadería–. Fermenté con raspón.

Unas pocas horas más tarde la fermentación había empezado y continuó, con las pieles y el raspón, por 48 horas, pasadas las cuáles descubé y pasé el vino –ya se le podía llamar vino, creo– a un tarro de cristal, material inerte con el que pretendí conservar los aromas primarios, la fruta, las flores y expresar el terroir –supermercado– con mayor nitidez. Clarifiqué por gravedad, sin añadir potingues, y separé las lías gruesas un día después. En este punto de mi fallido experimento me llevé la primera decepción: caté y casi se me da la vuelta el paladar, como un calcetín. En cualquier caso, insistí. La fermentación alcohólica creo que siguió un tiempo, pero se detuvo y esperé a que iniciara un segundo burbujeo que interpreté como una especie de maloláctica –a saber–.

Cuando el segundo burbujeo terminó, guardé tres semanas el bote de cristal en la nevera –que tengo a unos cinco grados–, pero ojo, no lo dejé ahí y ya, sino que lo fui agitando cada tanto para trabajar las lías finas y darle más volumen a mi celestial libación. Durante este tiempo fui catando para descubrir que la cosa iba evolucionando, pero no mejorando, solo cambiaba de mal en un mal diferente. Tampoco empeoró, de hecho la astringencia se fue redondeando y los fortísimos aromas reductivos del principio fueron tímidamente derivando en algo más frutal, pero sin fliparse: aquello era un desastre. El 16 de marzo di por terminado el proceso.

Crianza en tarro. BEBER MAGAZINE

Aquella mañana abrí mi tarro de cristal por última vez y procedí a la cata oficial. El aspecto era turbio, de un rosado coralino. En nariz sobresalían lo aromas de uva, de hecho a nivel olfativo no había más. Por aportar algo positivo diré que algo había mejorado la cosa. Yo creo que con una barrica, de tercer año por aquello de no ocultar la fruta, y unos cuantos meses de crianza habría obtenido algo igual de malo, pero menos clamorosamente malo. En boca la acidez era notable, había puntas por todas partes, aquello era como un erizo cabreado. Un drama que, en cualquier caso, creo que sí reflejaba el terroir del supermercado, que no deja de ser un paisaje no bucólico, precisamente. En este sentido, reto superado.

Después de todo esto no creo me convaliden la carrera de Enología ni que se me pueda llamar vigneron, pero alguna cosilla he aprendido. La primera y más obvia es que hacer vino en casa es divertido, por las risas, pero estéril. La segunda es que las y los homebrewers son muy mala gente. La tercera es que David Molina tenía razón. Y, la cuarta, es que voy a seguir comprando vino a terceros: sale mucho más a cuenta.