El pasado 27 de diciembre terminé tan empapuzado de alcohol que decidí iniciar un periodo de abstinencia. No es que sea yo alcohólico, o eso creo, pero a todas luces bebo más de la cuenta y en concreto, a finales de 2020, había superado mis límites. Me encontraba mal. Empecé a celebrar los fastos navideños el día 23 y, con observación religiosa, celebré también el 24, el 25 y el 26. Más que beber de la sangre de Cristo me hice una transfusión a lo Keith Richards. Pero la cosa venía de lejos, había dedicado los últimos meses a sacarme el segundo nivel de Wset y, cata que catarás, me tomé alguna copa de más. En este sector de las bebidas alcohólicas, ya sea escribiendo sobre ellas, comercializándolas, sirviéndolas o produciéndolas, normalizamos un nivel de consumo que es, a todas luces, bárbaro. Cada cual elige su veneno, no he venido yo a juzgar nada ni a nadie, solo a mí mismo, y el caso es que a finales de diciembre estaba hasta el gorro.

– Haré un Dry January –le dije a mi Santa.

– ¿Podrás? –respondió devolviéndome una mirada de escepticismo.

– No lo sé. Precisamente por eso –zanjé.

Precisamente porque no sabía si podía estar un mes sin beber, porque me encontraba hinchado como una boya y porque odio estar gordo –no es fat shaming, lo odio para mí– dejé de beber ese mismo día 27.

Mi consumo, por aquellos días, que a la postre eran vacacionales, se asemejaba al que comenta Gil de Biedma –creo– en sus diarios –me parece– que tomaban los animales –en temas alcohólicos– de la Gauche Divine: las cinco libaciones. Un aperitivo, vino durante el almuerzo, copa digestiva, un aperitivo previo a la cena, vino durante la cena. No cumplía con el ritual todos los días, ni mucho menos lo hacía entre semana, de lunes a viernes las cinco libaciones tranquilamente eran tres –¿quién no se toma una cerveza antes de comer, un vino almorzando y otro en la cena? A la que echas cuentas, te espantas–, pero eso que mucha gente normalizamos es de todo salvo normal.

En fin, que cerré el grifo.

Los primeros días

Soy ex-fumador. Cuando dejé de fumar quemaba una cajetilla y media diaria. Me costó tres intentos conseguirlo y los tres corté en seco. Quiero decir que sé bien lo que es el síndrome de abstinencia –no quiero compararme con las personas adictas a drogas ilegales, mucho respeto por ellas–. Cuando dejé de fumar las pasé canutas. Por suerte, en aquél momento, cambié la adicción al tabaco por un enganche a las mandarinas, las manzanas y cualquier fruta que pillase. Las diarreas que tuve debido –sospecho– a la excesiva ingesta de fibra no se las deseo a nadie.

Los días siguientes a mi voto de sobriedad no sufrí, ni de lejos, lo que padecí al dejar el tabaco. Imagino que estuve mucho más enganchado a la nicotina que al etanol –si acaso lo estuve–. Sea como sea, en mi caso, me resultó bastante fácil dejar de beber. El cuerpo no me lo pedía.

Y sin embargo el humor… ah, el humor. 

Estuve tres días bastante enfurruñado, seco en mis contestaciones, expeditivo, taciturno, ensimismado… Anduve hecho un gilipollas, en una palabra, y me hice una reflexión: “¿Qué clase de relación tengo con el alcohol? ¿Lo necesito para comportarme con afabilidad? En una palabra, ¿necesito beber para encajar bien el día a día? Si es así tengo un problema, y eso no divertido”.

A partir del cuarto día me levanté con otro aire, más alegre y sin las espesura mental de las primeras mañanas. Empecé a notar los beneficios más evidentes del Dry January. Me encontraba mejor –un abstracto mejor– y empecé a decirme que aquello valía la pena, que es algo que ya sabía pero que aún no había experimentado físicamente.

Aquél día, por cierto, era 31 de diciembre, fin de año. Glups.

Recaídas y tropiezos

Técnicamente el 31 de diciembre no es enero, así que el Dry January no había empezado. Bueno, así me engañé yo para poder brindar. Bebí, la noche de fin de año bebí, aunque muy moderadamente –ciertamente, mucho– y el uno de enero renové mis votos con aún más fuerza.

Ahora sí, después de los cuatro días de arranque, interrumpidos por la noche más festiva del año, iba a mantener mi gaznate seco de alcohol.

Recurrí al Bitter Kas en algunos momentos, también a la Kombucha. En general no tuve dificultades para mantenerme abstemio y me sentía fuerte, preparado para mi gran reto. Incluso una tarde, antes de cenar, caté un vino del que mi Santa se bebería una copa –caté y escupí, aclaro–. Un vino bastante sencillo, por cierto, pero correcto –qué difícil es encontrar vinos incorrectos hoy en día–. Por cierto, a raíz de esa cata me di cuenta de algo que se confirmaría más adelante: mi olfato y mi paladar parecían más agudos.

Pasaron varios días. Pasó el día de Reyes, pasó el incio del cole, pasaron semanas y llegó mi primer tropiezo. Mi madre se quedó en casa a mi hijo y a mi hija y mi Santa y yo nos quedamos solitos en la nuestra. No lo pude resistir, me entusiasma tomar una botella de vino con ella y me rendí a la tentación. Tome una cerveza y compartimos la botella en cuestión.

Decidí no fustigarme por mi falta de voluntad pero la resaca de la mañana siguiente, extrañamente aguda, me reafirmó en la voluntad de mantener la bebida a raya durante lo que quedaba de mes. Además, observé que la recaída había despertado de nuevo las ganas de beber que yo creía dormidas. Tuve, de nuevo alguna tentación, pero no caí. Bueno, hasta que sí caí.

Pasaron un par de semanas más y aquel sábado habíamos quedado para comer con mi hermano y mi cuñado, al que no veía desde el mes de agosto. De nuevo, la voluntad de socializar la bebida se impuso. En esta ocasión compartimos un par de botellas mientras comimos y yo anoté otra muesca en el blandengue material del que está hecho mi voluntad. Grabé la tercera muesca una semana más tarde, sin excusas esta vez: era viernes y me apetecía abrir un vino.

¿Éxito o fracaso?

Mi intento de llevar a cabo un Dry January ha sido un fracaso tremendo. Tres caídas, por muy permisivo e indulgente que yo sea conmigo mismo, no se puede considerar una salida airosa. Sin embargo…

Sin embargo, aislados mis tres momentos de duda, podríamos hablar de un éxito relativo.

La experiencia me ha servido para comprender por qué bebo o, mejor, para comprender qué es lo que más me gusta de beber, y no es otra cosa que compartir la bebida, especialmente con mi Santa o con cualquier otra persona que disfrute de una buena bebida

Por el camino, además, he perdido cinco kilos, dato que se suma al lado positivo de la balanza. ¡Cinco kilos de peso en un mes claramente relacionados con la bebida!

¿Y ahora, qué?

Este fin de semana es el primero que me he permitido beber de más desde que empecé –a fantasear con– el Dry January. Lo he disfrutado, la verdad. Un Milano Torino al sol de enero es una bendición. Pero hasta aquí. ¡Quiero perder cinco kilos más! Y sobre todo, quiero moderar mi ingesta alcohólica. Al fin y al cabo el alcohol, ya sea diluido en vino, en un destilado o en una cerveza, es una droga legal y las drogas no por legales son buenas. No lo son por mucho que nos guste compartirlas, por mucho que formen parte de nuestra cultura gastronómica, por mucho que nos pongan de buen humor y por mucho que nos guste escribir sobre ellas.