Todos hemos jugado alguna vez a elegir la época en la que nos hubiese gustado vivir. Nunca respondería ‘el siglo XIX’, pero puedo entender el atractivo, especialmente si se trata de su segunda mitad: ¿Cómo no amar una época en la que todo se infundía en vino, incluso la cocaína?

Hoy, para el dueño de un bar, el consumidor de nieve es un problema. Entre los clientes que se encierran en el baño y los que piden con más o menos virulencia (y discreción) a los empleados que les ayuden a conseguirla, se trata de una preocupación añadida, de las que no son necesarias. No siempre ha sido así, como explica el escritor César González-Ruano en sus memorias. En 1919, a la edad de dieciséis años (!), visitaba ocasionalmente los lujosos bares de la calle Alcalá de Madrid, entre los cuales estaba el Maxim’s, uno de los primeros bares americanos de la ciudad. «La puerta», escribe, «la guardaba un negro gigante vestido con una librea aparatosa y que vendía cocaína en frasquitos de cristal marrón que contenían un gramo». Si todos nos hemos topado con el portero traficante de drogas, este caso es distinto, ya que los frascos llevaban «la marca Merck», una compañía farmacéutica alemana. Hasta principios de la década de 1920, la cocaína se vendía en farmacias y, dependiendo del país, incluso se podía obtener sin receta médica.

Hay que decir que si las experiencias de Freud con la cocaína y sus escritos sobre el tema llevan hoy en día una reputación sulfurosa, en aquel entonces no lo eran: la sustancia encontraba amplia aceptación y numerosos médicos vieron en ella un cierto potencial curativo. Para el consumidor, era algo como el Red Bull de la época. Y su presencia en el bar no se limitó a la iniciativa de unos pocos porteros con alma de emprendedores. Consideremos un cóctel icónico de antes de la prohibición, el Pisco Punch. Se trata del cóctel emblemático del San Francisco de la época, servido desde finales del siglo XIX en decenas de bares de la ciudad — y único trago disponible en algunos de ellos. Sin embargo, como explica David Wondrich en Imbibe, todos sabían que el mejor Pisco Punch lo hacía Duncan Nicol y su equipo del Bank Exchange. Su calidad, decían, se debía a un ingrediente secreto. Hacía toda la diferencia. El hombre, desafortunadamente, pasó a mejor vida sin revelarlo. Pero según las especulaciones de la época — que Wondrich no desmiente — se trataba de un poco de cocaína.

Esta idea puede parecernos una locura. Sin embargo, Nicol tenía buenas razones para creer que podría funcionar. En ese momento, el vino Mariani estaba en boca — y no en nariz — de todos. Su creador, el farmacéutico corso Angelo Mariani, vio una oportunidad en el boom de los vinos aromatizados. El vermut ya triunfaba, por supuesto, pero ya no era elaborado por farmacéuticos. La auténtica estrella de los medicamentos líquidos era entonces el vino de quinquina, o kina, con marcas como Dubonnet o Byrrh. La quinquina, obtenida en los Andes, era muy demandada por sus efectos antipalúdicos — en aquel entonces, se trataba del único remedio efectivo contra la malaria. Sin embargo, el campo ya estaba muy ocupado, así que Mariani buscó, con mucho criterio, una alternativa. Y la cocaína, otra planta andina, comenzaba a ser estudiada por sus efectos tónicos y estimulantes. Después de un período de experimentación, Mariani decidió mezclar infusiones de hojas de coca y vino tinto de Burdeos. El producto fue lanzado a finales de la década de 1860. Según la leyenda, su primer cliente famoso fue una cantante (o actriz, quién sabe) ronca de manera crónica. Un médico desesperado le recetó el nuevo remedio Mariani. Después de 15 días de tratamiento, pudo reanudar los ejercicios vocales. Después de tres meses, volvió a cantar profesionalmente.

El éxito en el mundo artístico fue tan repentino como impresionante y Mariani supo sacar provecho de ello: utilizó su famosa clientela para lanzar publicidades dirigidas al público raso.

Sin embargo, después de dos décadas de auténtica luna de miel entre cocaína y el mundo científico, los casos de adicción se hicieron cada vez más frecuentes y la prensa estadounidense se puso a hacer campaña contra el polvo blanco a finales del siglo XIX. Los vinos de coca — los de Mariani y sus muchos imitadores — se vieron afectados y, en 1907, el Vin Mariani vendido en los Estados Unidos empezó a anunciarse como libre de coca. En Francia, como en muchas partes de Europa, no fue hasta la década de 1920 cuando los poderes públicos tomaron carta en el asunto. El vino Mariani siempre se había vendido como vino medicinal. De hecho, no hay casi receta de cóctel Mariani en los libros antiguos. Privado de su legitimidad farmacéutica y sin presencia en el mundo de los bares, el declive era inevitable. En los Estados Unidos, la cosa era peor aún: con la prohibición, incluso sin coca, no había futuro para Mariani. El fundador no vio  estos tristes años — murió en 1914. Con más pena que gloria, la marca sobrevivió hasta 1963, pero ya era sólo una sombra de sí misma.

Mientras tanto, un imitador triunfaba. A principios de la década de 1880, un farmacéutico georgiano alcohólico y adicto al opio llamado John Pemberton había aprovechado la moda del Vin Mariani para lanzar su propio vino de coca. Pero ya en 1886, ciertas regiones de Georgia prohibieron el alcohol y Pemberton, al contrario que los herederos de Mariani unas décadas después, supo reaccionar. Inventó una fórmula sin alcohol para sustituir a su vino: la Coca-Cola, que perderá la cocaína unos años más tarde. El resto de la historia es de sobra conocida. El único rastro de cocaína que queda en nuestros bares hoy en día — y, por tanto, de esta historia — es el nombre de la soda de vuestro Cuba Libre. Excepto si tenemos en cuenta los residuos sobre la tapa del inodoro, por supuesto.