Bellboy es un lugar singular, todo un logro en estos tiempos en que la mayoría nos creemos ya inmunes a las sorpresas. Para empezar se encuentra en el corazón de Tel Aviv, una ciudad a la que el viajero tardará en tomar el pulso –si es que lo logra en algún momento–, abierta y expansiva, muy mediterránea, pero con el alma impenetrable del que no desea dejar sus esencias en manos de cualquiera. En segundo lugar, no es que se encuentre en el lobby de un hotel, el monísimo Hotel Berdichevsky, sino que literalmente ES el lobby de este pequeño hotel-boutique, al que se accede por una puertecita que nos traslada directamente a los años 20 americanos. Bellboy es cool y auténtico, pero no es ese lugar romántico que muchos imaginan cuando reservan mesa. Está siempre lleno y animado, es ruidoso, informal, atrevido y es, si lugar a dudas, una de las mejores coctelerías de Tel Aviv que ha merecido el reconocimiento de la lista 50 Best Bars. 

Los cócteles del Bellboy Bar son creatividad pero con un propósito.

No hace falta más que poner los pies en Bellboy para hacer un viaje fulminante en el tiempo y trasladarnos a la época de la Ley Seca americana. Sus asientos de terciopelo, la bibilioteca, las lamparitas, las maderas nobles que visten el local, las mesas bajas y la agradable calidez del conjunto consiguen llevarnos al lugar preciso en el que debemos estar justo antes de que empiece la fiesta. Y es que tanto el interiorismo como el aura de Bellboy consiguen trasladarnos de un plumazo a ese estado mental en el que poder disfrutar al máximo sus cócteles coloridos y originales, la mayoría servidos en recipientes peculiares, siempre con la creatividad por bandera pero sin vueltas de tuerca innecesarias. 

Abierto en el año 2014, Bellboy nos recuerda que existen razones que probablemente solo podamos explicar desde la filosofía por las que amamos la clandestinidad. Y que en pleno siglo XXI, estando como estamos hiperconectados y pudiendo adquirir cualquier producto de cualquier lugar del mundo a golpe de click, aún soñamos con beber whisky a escondidas temerosos de una redada policial. 

Una vez allí, totalmente entregados al juego que se nos propone, llega el momento de echar un vistazo a la carta de cócteles. Enseguida nos damos cuenta de que aquí se hace bandera de una coctelería de vanguardia, creativa y juguetona –no hay más que ver el trajín incesante de los bartenders en la barra–, pero también comprobamos que en Bellboy no se riza el rizo por sistema, sino cuando la ocasión lo merece. Cada trago desprende un profundo conocimiento de la coctelería y de la materia prima con que se trabaja, y la carta es tan profusa que nos va a costar escoger entre sus múltiples opciones. 

Trajín del que da gusto observar

¿Algunos ejemplos? El Rings a Bell (ellos también están encantados con el juego de la clandestinidad) lleva ginebra, Sauvingnon Blanc, sirope de lichi, zumo de uva, cacao balsámico, fruta de la pasión y chocolate de Sichuan. O el Ketel One, con vodka, zumo de limón, sirope de frutas estacionales y sidra. Después encontramos algunas opciones sorprendentes que nos remiten a los bares del mundo, como el Viking Club, con Aquavit –un destilado escandinavo de unos 40º–, sirope de eucalipto, té de bayas salvajes, amaretto, lima y soda de abedul. O en Josephine Pet, un homenaje a Francia que lleva coñac infusionado con queso azul, miel, Mandarine Napoleon y lima. Podemos decir, pues, que la coctelería de Bellboy es ecléctica e inclasificable como lo es también el país que la acoge. Teniendo en cuenta que Israel es el único estado de la zona en que está permitido beber alcohol (está rodeado de países musulmanes en que el alcohol está prohibido), la experiencia adquiere nuevas dimensiones. 

¡Ponche para todos1

Pese a que hay tragos más contundentes, la coctelería de Bellboy se caracteriza por su carga alcohólica moderada y por su versatilidad, que hace que combine a la perfección con numerosos platos de una carta sencilla, pensada para acompañar los tragos. El sashimi de atún, la ensalada fresca de calabacín, el tartar de ternera o los huevos trufados son algunas de las opciones para matar el hambre mientras probamos cócteles. Quienes adoren esta clandestinidad fake que, pese a todo, sigue funcionando entre todos aquellos dispuestos a dejarse engañar (y somos legión), no pueden dejar de visitar el pequeño Butler, un bar semisecreto al que se accede a través de Bellboy que nos permitirá llevar la experiencia todavía un poco más allá. 

Bellboy. Hotel Berdichevsky. Berdyczewski Street 14, Lev HaIr (Tel Aviv).